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  Félix Peña

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  Septiembre de 2011
Integración regional e inserción internacional de América Latina en un mundo de múltiples opciones

 

Contribución de Félix Peña al libro "La agenda internacional de América Latina: entre nuevas y viejas alianzas", editado por Dörte Wollrad, Günther Maihold y Manfred Mols, publicado por Nueva Sociedad, SWP y FES, Buenos Aires 2011

Haga click aquí para descargar la publicación completa.


La tendencia a repensar la integración regional en América Latina

En los últimos años, se observa en América Latina una clara tendencia a revisar conceptos, objetivos y metodologías en relación con el desarrollo de la integración regional [1]. Esta revisión está basada en la experiencia acumulada en 50 años de distintos procesos de integración en el espacio geográfico latinoamericano. Pero es una revisión incentivada, en especial, por la necesidad de adaptar los planteamientos vinculados a la integración regional a las nuevas realidades internacionales, así como al hecho de que todos los países tienen ahora múltiples opciones en sus estrategias de inserción en el mundo y dentro de sus respectivos espacios geográficos regionales.

Nuestro objetivo es efectuar una contribución al necesario ejercicio de repensar la integración regional latinoamericana colocándola, para ello, en la perspectiva de los profundos cambios que se están operando en el sistema internacional y en la competencia económica global.

Es probable que esos cambios profundos tarden aún algún tiempo en madurar plenamente, y que esto no sea el resultado de procesos lineales. Es posible incluso que den lugar a situaciones violentas. Cabe recordar al respecto que a lo largo de la historia las transformaciones profundas que inciden en los desplazamientos del poder mundial y las guerras han estado estrechamente vinculadas (Bobbit, pp. 5-64).

En todo caso, el alcance de los impactos de estos cambios sobre el desarrollo económico y social y, por consiguiente, sobre los distintos procesos de integración de los países de América Latina -como también ocurre, por lo demás, en otras regiones del mundo- son aún difíciles de apreciar en su plenitud. Tampoco es posible estimar los impactos que las nuevas realidades producirán en las relaciones internacionales, incluyendo aquellas que se han establecido entre el espacio europeo y el latinoamericano.

En este artículo se analizarán algunos aspectos centrados en los cambios profundos que se están operando en la realidad internacional; en las condiciones para el aprovechamiento por parte de un país -o de un grupo de países- de las oportunidades que se abren en un mundo de múltiples opciones y, finalmente, en el inicio de una nueva etapa en la integración regional en América Latina.

Un contexto internacional en profunda transformación

Los cambios en el contexto internacional en el cual se desarrollan las acciones orientadas a una mayor integración entre los países latinoamericanos se están manifestando en torno de dos procesos simultáneos que se observan hoy a escala global. Ambos tienen efectos actuales y potenciales, tanto en el intercambio mundial de bienes y de servicios como en las negociaciones comerciales internacionales, especialmente en la actual Ronda de Doha dentro de la Organización Mundial del Comercio (OMC). Estos efectos también se observan en relación con las complejas negociaciones globales sobre el cambio climático y, en particular, sobre sus consecuencias en el comercio mundial.

Si bien son dos procesos conectados entre sí, parecen requerir diagnósticos y aproximaciones que pueden tener aspectos diferenciados pero que, en todo caso, conviene que sean coordinados.

El primero de estos procesos es el de la crisis financiera y económica global que empezó a ponerse en evidencia en especial a comienzos del año 2008. Sus consecuencias afectan, entre otros, los niveles de producción y consumo y los del comercio internacional de bienes y de servicios. La caída de la actividad económica ha impactado en el nivel de empleo y en el estado anímico de las poblaciones, transmitiendo en algunos países los efectos de la crisis al plano social y político. Y se sabe que, según sea la intensidad de tales efectos, una crisis internacional puede generar problemas sistémicos que afecten la estabilidad política de los países más vulnerables. Ello a su vez puede tener efectos en cadena sobre otros países, en particular de la misma región.

Se trata de un proceso con efectos inmediatos muy visibles y que requiere de respuestas a corto plazo -en especial en el plano nacional, pero también en el de la coordinación entre países a escala global y regional-, precisamente por sus potenciales consecuencias sociales y políticas.

El otro proceso es el desplazamiento del poder relativo entre las naciones (Zakaria, pp. 1-5), que tiene raíces muy profundas y se nutre de la propia historia. Se trata de un fenómeno que se ha acelerado en los últimos 20 años, y es probable que su pleno efecto solo pueda ser observado a largo plazo y a veces a través de movimientos poco perceptibles. Este proceso se refleja en el surgimiento de nuevos prota-gonistas -países, empresas, consumidores, trabajadores- con gravitación en la competencia económica global y en las negociaciones comerciales internacionales. Como consecuencia de los cambios que se están produciendo, la capacidad para captar y administrar los efectos de la diversidad y la pluralidad cultural será, en el futuro, uno de los factores fundamentales en el desarrollo de la estrategia Internacional de los distintos protagonistas (Guillebaud, pp. 9-35 Y 363-391; Maalouf, pp. 293-314).

El fenómeno de la diseminación del poder mundial no debería sorprender, ya que algunos hechos históricos lo vienen anunciando desde hace años. Un punto de inflexión lejano se encuentra en la toma de conciencia sobre su poder relativo que empezaron a experimentar los países en desarrollo productores de petróleo a partir de 1973. Lo que sí podría ser preocupante es que, en sus diagnósticos e intentos de encontrar respuestas, los países del "viejo orden mundial" -que incluye a Estados Unidos y a los restantes del ya antiguo G-7 - no demuestren que están asimilando la profundidad de los cambios producidos en la distribución global del poder.

Estamos entonces frente a una crisis sistémica mundial que recrea la clásica tensión histórica entre orden y anarquía en las relaciones internacionales (Bull, pp. 3-98; Hurrell, pp. 1-117). Esta tensión se manifiesta en la dificultad de encontrar, en el ámbito de las instituciones procedentes de un orden colapsado, respuestas eficaces a problemas colectivos que se confrontan a escala global. Y el verdadero peligro es que ello se refleje -como ha ocurrido en el pasado- en el surgimiento de problemas sistémicos en el interior de países que han sido y siguen siendo protagonistas relevantes en el escenario internacional. Es decir, crisis sistémicas que produzcan un efecto dominó en distintos espacios regionales y, eventualmente, a escala global. Ello puede ocurrir en la medida en que en distintos países, incluso los más desarrollados, los ciudadanos pierdan su confianza no solo en los mercados, sino también en la capacidad de encontrar respuestas en marco de los respectivos sistemas democráticos. Podría ser un peligro más tangible en el caso de algunos países europeos, pero no solo en ellos. Si así fuere, los pronósticos sombríos de algunos analistas podrían ser pálidos en relación con lo que habría que confrontar e el futuro.

Tras las varias cumbres del nuevo G-20, realizadas a partir de finales e 2008, sigue en pie la cuestión de saber cuáles son los países que, sumados y actuando en conjunto, pueden aportar suficiente masa crítica e poder para ir generando acuerdos que nutran un nuevo orden mundial para sustituir al que está colapsado. El número que acompañe a la letra "G" sigue siendo un interrogante pendiente de respuesta en la búsqueda de procurar la institucionalización -aunque sea informal- de un espacio político internacional que permita traducir decisiones colectivas en cursos de acción efectivos de alcance global.

Una de las limitaciones del actual G-20 puede ser precisamente la heterogeneidad de los países participantes en términos de poder real. Algunos reflejan su propia dotación de poder relativo, como le casos de Estados Unidos y de China. Estos dos Estados conforman una especie de G-2 que es necesario pero no suficiente para generar respuestas de alcance global que sean efectivas, eficaces y legítima. Otros pueden legítimamente hablar en nombre de su propia región con la certeza de que ella posee suficiente poder relativo. Más allá e las diferencias de intereses y visiones que en ellos existen, es el caso de los países miembros de la Unión Europea -tales como Alemania, Francia y Reino Unido-que también está presente a través del presidente de la Comisión Europea y, tras la puesta en vigencia del Tratado de Lisboa, del presidente del Consejo Europeo. Otros, bien son relevantes en términos de poder relativo, a veces más potencial que actual, no pueden sostener con certeza que reflejan la opinión que eventualmente prevalece en su respectiva región geográfica. Aquí aparecen los casos de Argentina y Brasil, pero también los de Rusia, la India, Indonesia y Sudáfrica. Ellos son protagonistas relevantes en sus respectivos espacios geográficos regionales, pero no siempre han demostrado poseer las condiciones necesarias para ser líderes regionales, en el sentido de que los demás países de su área sigan sus opiniones.

Condiciones necesarias para la participación activa de un país en la nueva realidad internacional

Muchas son las cualidades sociales, políticas y económicas que se requieren para que un país intente encarar los dos mencionados procesos de manera simultánea. Esto es, para que pueda superar con relativo éxito la actual crisis financiera y económica global y, a la vez, posicionarse como un protagonista activo en la construcción del orden mundial del futuro, incluyendo el comercio mundial y las negociaciones comerciales internacionales, tanto en la OMC como en los múltiples espacios regionales, interregionales y bilaterales.

Una condición fundamental es la del desarrollo de la capacidad para el pleno aprovechamiento de las múltiples opciones que se presentan a escala global como consecuencia del acortamiento de todo tipo de distancias -no solo las físicas-, así como por la creciente redistribución del poder mundial -o sea, una inserción externa multipolar-. A partir del colapso de las distancias, tal alcance multipolar implica el desarrollo de una estrategia orientada a aprovechar todas las opciones que se están abriendo hoy en el mundo, especialmente para el comercio exterior de un país, así como para sus potenciales fuentes de inversiones directas y de progreso técnico.

En un número significativo de países -en particular las llamadas "economías emergentes"- esta estrategia multipolar suele ser "daltónica". Esto significa que no siempre distingue colores ideológicos o culturales -en el célebre lema de Deng Xiaoping sobre el color del gato-, especialmente cuando se busca sacar provecho de las múltiples opciones resultantes del surgimiento de nuevos protagonistas -los casos más notorios son China y la India-; de nuevas cuestiones dominantes en las agendas de los Estados -tales como la energía, el cambio climático y las formas novedosas del ejercicio de la violencia transnacional, incluyendo su
"privatización"- y, en particular, del hecho de que se habría entrado en una etapa de marcada demanda global de alimentos y de otros recursos naturales que, en términos relativos, abundan en América Latina y, en especial, en el espacio geográfico sudamericano.

En el campo de las relaciones económicas internacionales, esta estrategia se vería facilitada si la conclusión de la Ronda de Doha permitiera, además de lograr los resultados previstos en su agenda, fortalecer la OMC como un ámbito institucional multilateral global eficaz. Al respecto, cabe señalar que, a pesar de seguir siendo incierto que la Ronda de Doha pueda concluirse en plazos razonables, en sí mismo ello no sería algo necesariamente negativo. Otras rondas negociadoras en el ámbito del sistema GATT-OMC también se extendieron más allá de lo previsto. Pero esto sí sería contraproducente si trajera como resultado un del tratamiento del sistema de la OMC en su función de asegurar reglas juego que faciliten el comercio internacional en condiciones de igualdad de oportunidades que, a su vez, contemplen los intereses de los países en desarrollo y de los que se distinguen por su eficiencia en la producción de alimentos y de otros bienes agrícolas, tales como los que ir gran el Mercosur.

Además de las señaladas anteriormente, otras tres condiciones son esenciales para la estrategia de un país que aspire a aprovechar los efectos de ambos procesos a fin de potenciar una inserción favorable el competencia económica global del futuro. Ellas son la calidad institucional, las estrategias ofensivas de sus empresas resultantes de la vocación de participación activa en los mercados internacionales y, por fin, la coordinación de esfuerzos a escala regional con otros países con los cuales se comparte un espacio geográfico.

En primer lugar, la calidad institucional implica desarrollar capacidad para articular de forma estable los distintos intereses sociales, con la finalidad de poder traducir luego los objetivos acordados en realidad, y comportamientos efectivos. Es una condición esencial a fin de generar sinergias público-privadas. Ellas son necesarias para definir los intereses nacionales ante las cuestiones más relevantes de la agenda de la inserción comercial internacional, para traducirlos en estrategias y hojas de ruta, y para reflejarlos en los comportamientos que los sectores gubernamentales y no gubernamentales -especialmente el empresariado- tengan en los múltiples escenarios externos en que opera el respectivo país.

En la competencia económica global y en el comercio internacional, calidad institucional se nutre de la eficacia de las tecnologías organizativas empleadas en el plano gubernamental con la finalidad de permitir adoptar y aplicar estrategias, decisiones y políticas públicas que pos, un fuerte potencial para penetrar en la realidad y para ser sostenida través del tiempo, incluyendo la flexibilidad necesaria para las continuas adaptaciones a la dinámica de cambio del mundo actual.

Pero la calidad institucional también se nutre de la calidad de la organización del sector empresarial y de su articulación con los otros sectores sociales. Ello implica empresas con intereses estratégicos ofensivos, tanto en relación con el mercado interno como con los múltiples mercados internacionales, en especial aquellos que son prioritarios en función de las ventajas competitivas que puede desarrollar un país. Revelar tales intereses es un factor fundamental a la hora de trazar y llevar a la práctica la estrategia de inserción comercial internacional de un Estado.

La segunda condición es, precisamente, que las empresas de un país desarrollen estrategias ofensivas que resulten de una vocación de participación activa en los mercados internacionales. Ello implica diagnósticos actualizados sobre las oportunidades que se le ofrecen a la capacidad de producir bienes y de pres.tar servicios del país en los distintos mercados internacionales. Y estos diagnósticos han de ser renovados de manera permanente, ya que los efectos de la actual crisis global; así como de los cambios estructurales que se están operando en los escenarios mundiales, pueden alterar de forma muy dinámica las oportuni-dades que existen para las empresas que operan en el país, desplazando a su favor o en su contra las ventajas competitivas relativas.

Pero esta vocación requiere asimismo una actitud optimista sobre las oportunidades que tienen el país y sus empresas en los mercados mundiales. Utilizando una expresión deportiva, ello implica operar con "mentalidad ganadora". Este es un factor cultural que se encuentra presente en los países en desarrollo que en los últimos años han dado origen a un número creciente de empresas internacionalizadas. Al respecto, el ejemplo de Chile y de muchas de sus empresas es interesante por no ser precisamente una de las economías emergentes de mayor dimensión.

La tercera condición, por último, es la coordinación de esfuerzos a escala regional con países con los que se comparte un espacio geográfico -pero también con aquellos con los cuales se comparten condiciones relativas e intereses similares, como por ejemplo los países productores de alimentos o los exportadores de energía-o En el caso de los países que comparten el espacio geográfico regional sudamericano, ello supone el impulso de un proceso continuo de desarrollo de una conexión física de calidad (que abarca cuestiones como la financiación de proyectos de infraestructura física -incluyendo los ejes transoceánicos- y la facilitación del comercio), que sea favorable a un tejido creciente de intereses compartidos que se alimente de corrientes comerciales recíprocas y de redes productivas transnacionales. En la inversión productiva y de infraestructura física que se requiere para ello, un país puede encontrar elementos de convergencia entre la agenda de medidas destinadas a superar los efectos de la crisis global y la transformación productiva necesaria para caminar con éxito hacia el mundo del futuro.

Por lo demás, esto implica una mayor coordinación entre los países que comparten un espacio regional o sub regional, tanto en la elaboración de los respectivos diagnósticos sobre los dos procesos de cambio internacional antes mencionados como en las estrategias para abordar acción de respuesta conjunta a los desafíos que ambos representan, como así también para encarar juntos las negociaciones comerciales internacionales, especialmente en el ámbito de la OMC y con los principales protagonistas del comercio mundial. Las relaciones con Estados Unidos, con los países de la Unión Europea y con las economías emergentes -en particular, con China y la India- ocupan en tal sentido un lugar prioritario.

Este planteamiento también es válido para las negociaciones relacionadas con las adaptaciones de organismos internacionales multilaterales a la nueva realidad internacional, en especial en el ámbito de las cumbres del G-20. Estas constituyen una oportunidad para que los, países latinoamericanos que participan puedan efectivamente aportar los puntos de vista de la región en su conjunto -o al menos de respectiva subregión-, es decir, los temas que hayan sido antes debatidos en foros regionales.

Sin perjuicio de la necesaria acción de liderazgo gubernamental, en este plano de la coordinación regional se observa, al menos en cada una de las subregiones de América Latina, un amplio margen para impulsar iniciativas que surjan de los respectivos sectores empresariales. Son iniciativas que deberían perseguir como objetivo, por ejemplo, un diagnóstico sobre el aprovechamiento del stock de instituciones, experiencias y compromisos acumulado a través de los años -especialmente en términos de acceso preferencial a los respectivos mercados, así como de los mecanismos de pagos y de financiación tanto de comercio como de las inversiones productivas y de infraestructura física-, y también propuestas constructivas sobre cómo evolucionar hacia metas conjuntas que combinen realismo con ambición.

Una iniciativa de ese tipo, al menos en una primera etapa, podría proceder de las instituciones empresariales de los países· más vinculados por redes de comercio y producción. Entre ellos se observa, además una mayor densidad de inversiones cruzadas tanto en sectores agroindustriales e industriales como en el de servicios. Además, en ellos opera un número creciente de empresas multilatinas, en especial si se incluye en tal concepto a cientos de empresas de toda dimensión que tienen una presencia comercial y productiva, sostenida y simultánea, en varios de los mercados de la región e, incluso, a escala global. Son estas empresas, junto con las respectivas instituciones empresariales, las que mayor interés deberían mostrar en impulsar medidas que permitieran potenciar el pleno aprovechamiento de los acuerdos regionales preferenciales ya existentes y avanzar hacia metas más ambiciosas.

Gobernabilidad de un espacio regional y lógica de integración

La gobernabilidad de los respectivos espacios regionales, en términos de predominio de la paz y la estabilidad política, será un elemento fundamental de la construcción de un nuevo orden internacional global. En tal perspectiva corresponde situar los esfuerzos que se continúen desarrollando en el marco de los distintos procesos regionales y subregionales de integración económica.

Una gobernabilidad regional sostenible requerirá en el futuro lograr puntos de equilibrio entre todos los intereses nacionales en juego. Ello implicará capacidad y voluntad de articulación, al menos entre los países con mayor relevancia y capacidad de protagonismo.

En tal sentido, el predominio de la lógica de integración en el espacio regional latinoamericano y en cada uno de sus espacios subregionales será facilitado por el desarrollo de instituciones y reglas comunes que sean efectivas y eficaces y que se sustenten en liderazgos colectivos que, a su vez, las incentiven.

Sobre ello, una pregunta parece fundamental: ¿es posible construir un espacio geográfico regional en el que predomine la lógica de la integración sin que exista una base de confianza recíproca mínima entre los países vecinos? A partir de la experiencia histórica, Jean Monnet, el inspirador de la integración europea, sostenía que no. Por esta razón propuso un plan orientado a generar solidaridades de hecho, especialmente entre Francia y Alemania, como sustento de un clima de confianza que permitiera luego desarrollar el camino que condujo a la Unión Europea.

La pregunta es válida hoy en día en América Latina considerando los 50 años transcurridos desde que se iniciara el desarrollo de los procesos de integración con la Asociación Latinoamericana de. Libre Comercio (ALALC). Desde entonces, la trayectoria ha sido sinuosa porque lo retórico les ha ganado a veces a los resultados concretos. El objetivo procurado de una región integrada y funcional a los objetivos de desarrollo de sus países sigue sin lograrse de manera plena. Quienes en el plano empresarial tienen que adoptar decisiones de inversión productiva en función de los mercados ampliados desconfían con razón de las reglas que inciden en el comercio recíproco, ya que el acceso prometido al mercado de los otros países de la región está expuesto a fuertes precariedades. Estas son el resultado de actos unilaterales que en la práctica significan desconocer lo comprometido, cualesquiera sean las razones que aparentemente los puedan justificar.

Sin embargo, parece posible seguir sosteniendo que en América Latina, más allá de diferencias, diversidades e, incluso, disonancias conceptuales, sigue vigente la idea de que la lógica de la cooperación predomina sobre la de la fragmentación. Ello puede deberse al hecho de que, en buena medida, se sabe que los costos de la no integración suelen ser muy altos para los respectivos países -incluso los de mayor dimensión económica relativa- y, en especial, para sus pueblos.

Pero la realidad está demostrando que llevará tiempo lograr algo similar a lo que también en 50 años se ha alcanzado en Europa, en términos de una interdependencia basada en reglas e instituciones comunes, que hacen relativamente previsibles los comportamientos de los respectivos países.

Confianza recíproca y un denso tejido de intereses cruzados, sustentados en instituciones, reglas y símbolos comunes, han sido ele-mentos claves en el hasta ahora exitoso proceso que los países europeos han desarrollado en su espacio geográfico, superando incluso un largo periodo en el que predominaron la fragmentación, el conflicto y el combate.

Sin caer en la tentación de copiar modelos de otros países y regiones, sí parece importante tener en cuenta para la propia experiencia latinoamericana el papel relevante que pueden jugar tales factores en la construc-ción de un espacio regional -y de cada una de las respectivas subregiones- en el que predominen la paz y la estabilidad política, ambiente necesario para la consolidación de la democracia y para la necesaria cohesión social.

Lograr el avance en el camino de los procesos de integración regional y subregionales, que al mismo tiempo capitalicen experiencias acumuladas y adapten sus enfoques, estrategias e instrumentos a las nuevas realidades del contexto internacional global, parece seguir siendo una condición fundamental para una activa participación de los países latinoamericanos en la construcción de una arquitectura global que sea funcional a sus intereses nacionales.

Teniendo en cuenta que todo país contará en el futuro con múltiples opciones para Seu inserción internacional, la experiencia acumulada en las últimas cinco décadas sugiere que los métodos e instrumentos de los procesos de integración regional y subregionales deberán ser a la vez flexibles, para permitir su adaptación a estrategias de inserción multipolar, y previsibles, a fin de contribuir con sus reglas y disciplinas colectivas al desarrollo de un clima de inversiones que sea favorable a las integraciones productivas de escala regional y de proyección global, así como para el desarrollo de redes de conexión física de calidad.

Conciliar flexibilidad con previsibilidad y disciplinas colectivas, en torno de reglas que se cumplan y de instituciones que permitan generarlas -que a la vez también expresen liderazgos colectivos- parece ser el principal desafío que tendrán por delante los procesos de integración en la región latinoamericana y en sus respectivas subregiones. Esto será así si se quiere que estos procesos tengan una incidencia r.eal en la transformación productiva de cada país, en la consolidación de sus sistemas políticos democráticos sustentados en la cohesión social, y en su capacidad para ser protagonistas activos del nuevo orden internacional global.

Adaptar los actuales procesos de integración y los mecanismos de cooperación regional a las nuevas realidades de la agenda global es una de las principales prioridades que deberán atender en el futuro inmediato los países latinoamericanos.

La transformación de la ALALC en la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI), mediante el tratado firmado también en Montevideo en 1980, implicó un cambio metodológico sustancial e inició una nueva etapa en el proceso de integración regional. Dicha reforma resultó de la constatación de que una zona de libre comercio entre un grupo numeroso de países -en aquel entonces menos conectados y más distantes que ahora-, con fuertes asimetrías de dimensiones y grados de desarrollo, era inviable.

Tal transformación implicó aceptar que las diferencias existentes requerían aproximaciones parciales con múltiples velocidades y geometrías variables. Ello significó el reconocimiento de la existencia de distintas realidades subregionales y sectoriales, con densidades de interdependencia e intereses que no necesariamente se extendían al resto de los países. Se invirtió así el enfoque original de la ALALC, según el cual los instrumentos regionales eran la regla, y los subregionales y sectoriales, la excepción. Por el contrario, se hizo de lo parcial -grupos de países o sectores determinados- la regla principal, siendo lo regional el marco y, a la vez, un objetivo final no demasiado definido ni en su contenido ni en sus plazos. Por la Cláusula de Habilitación, un resultado de la Ronda de Tokio, este enfoque se tornó conciliable con las reglas del GATT.

Se abrió así un camino de profundas transformaciones en la estrategia de integración regional que fueron madurando en los años siguientes. En esta nueva etapa que se extiende hasta el presente, entre otros hechos relevantes, se reestructura el original Grupo Andino en la Comunidad Andina de Naciones (CAN); se inicia el proceso bilateral de integración entre Argentina y Brasil, con especial énfasis en determinados sectores como por ejemplo el del automóvil; se crea luego el Mercosur; México se incorpora al Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN); y empieza el proceso de concreción de acuerdos comerciales preferenciales bilaterales con países del resto del mundo, comenzando con Estados Unidos y con la Unión Europea.

En el inicio y en la evolución de esas dos primeras etapas de la integración regional latinoamericana, tuvieron un impacto muy significativo los cambios que simultáneamente operaban en el contexto global. A ellos se suman las profundas transformaciones económicas y políticas que se han producido -también con un alcance diferenciado- en la región y en cada uno de sus países. América del Sur, en particular, presenta ahora un cuadro de mayor densidad en las conexiones entre sus sistemas productivos, en especial en el campo de la energía. Y muchos de sus países han experimentado notorias evoluciones en sus desarrollos, tanto en el plano económico como en el político.

¿Hacia una nueva etapa de la integración latinoamericana?

¿Se está iniciando ahora una nueva etapa de la integración regional en América Latina? Hay algunos argumentos basados en el análisis de varios factores que hacen pensar en una respuesta afirmativa. El primero de ellos es el antes mencionado surgimiento de una pluralidad de opciones en la inserción de cada país latinoamericano en los mercados del mundo. Esto es resultado directo del número creciente de protagonistas relevantes en todas las regiones y del acortamiento de todo tipo de distancias. En el segundo factor, se entiende que tales opciones pueden ser aprovechadas de manera simultánea. Y en el tercero, se contempla que es factible desarrollar, en la mayoría de las opciones abiertas, estrategias de ganancias mutuas, en términos de comercio de bienes y de servicios, de inversiones productivas y de incorporación de progreso técnico.

Pero otro factor determinante que impulsa hacia nuevas modalidades de integración en el espacio regional latinoamericano, así como en sus múltiples espacios subregionales, es la creciente insatisfacción que se observa en varios países respecto a los resultados obtenidos con los procesos actualmente en desarrollo. Tal insatisfacción puede dar lugar al menos a dos escenarios. El primero de ellos es el de una cierta inercia integracionista. Ello implica continuar haciendo lo mismo que hasta ahora, es decir, no innovar demasiado. El riesgo es que el respectivo proceso de integración se convierta en irrelevante para determinados países. En tal caso, podría terminar predominando en él solo una apariencia de algo de creciente obsolescencia y con reducida incidencia relativa en las realidades del comercio y las inversiones. El segundo escenario es el de una especie de "síndrome fundacional".. Esto significa echar por la borda lo hasta ahora acurri\I.1ado, tanto en términos de estrategia regional compartida como de relaciones económicas preferenciales para, una vez más, intentar empezar de nuevo.

Hay, sin embargo, un tercer escenario imaginable que probablemente sea el más conveniente y que es factible de alcanzar. Este sería el de capitalizar experiencias y resultados acumulados, adaptando estrategias, objetivos y metodologías de integración a las nuevas realidades de cada país, de la región y sus sub regiones, y del mundo.

Difícil es aún visualizar si el escenario de adaptación se producirá o no. Pero el derrotero de estos 50 años, con sus logros y frustraciones, permite anticipar que la integración regional continuará siendo valorada por los respectivos países y sus opiniones públicas. Al menos, parece existir cierto consenso en que los costos de la no integración pueden ser elevados. Ello permite predecir un desarrollo sinuoso, con avances y retrocesos heterodoxo trabajo.

Por fin, cabe señalar que el camino a lo regional comienza en una correcta definición del respectivo interés nacional, constatación que deriva de la experiencia concreta de estos años. Los países con una idea más clara de sus intereses son los que quizás mejor han aprovechado los procesos hacia un mayor grado de integración en todos los niveles -no solo el económico- entre los países de la región y en sus distintas subregiones. Es posible imaginar al respecto una mayor aproximación a lo que ha sido en los últimos años el modelo asiático y, eventualmente, al que también podría llegar a ser en el futuro el modelo europeo.

[1] V. , por ejemplo, Casanueva (pp. 33-44); Cienfuegos/Sanahuja (pp. 87-205); Del Arenal/Sanahuja (pp.425-632); Leiva Lavalle (pp. 17-31); Peña (2010a, pp. 23-43) y 2010b, pp. 425-450.

Bibliografía

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  • Zakaria, Fareed: The Post-American World, WW Norton, Nueva York, 2008.

Félix Peña es Director del Instituto de Comercio Internacional de la Fundación ICBC; Director de la Maestría en Relaciones Comerciales Internacionales de la Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF); Miembro del Comité Ejecutivo del Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI). Miembro del Brains Trust del Evian Group. Ampliar trayectoria.

http://www.felixpena.com.ar | info@felixpena.com.ar


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