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  Félix Peña

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  Diario El Cronista | 9 de noviembre de 2011
A la hora de integrar naciones no existe GPS

La construcción de una Europa unida ha entrado en una fase de fuertes incertidumbres y, a la vez, de grandes dilemas. Incertidumbres con respecto al futuro de su modelo económico y social, sustento de un modo de vida y de cada uno de los diversos sistemas políticos nacionales. Dilemas en cuanto a cómo continuar la construcción de un espacio integrado que presenta éxitos y también visibles falencias.

Son incertidumbres y dilemas que reflejan el fin de un período como consecuencia, en gran medida, de cambios internacionales profundos. Que además afectan no sólo a las economías, pero también a la vida política de varios países miembros de la Unión Europea. Al menos de los más impactados por la crisis del euro. Y no son solamente los deudores. Pero también afectan a los ciudadanos. Están desorientados, por momentos se indignan y protestan. No siempre tienen qué proponer.

Lo concreto es que ha empezado a cuestionarse la supervivencia misma de la Unión Europea y no sólo de la zona del euro. La crisis está adquiriendo entonces una dimensión existencial. Es decir que lo que podría estar en juego es la propia noción de un espacio europeo integrado. Incluso comienzan a surgir fantasmas del pasado. Sutilmente los hizo presente la Canciller Angela Merkel cuando días atrás recordaba en el Parlamento alemán que lo que estaba en riesgo eran los logros de cincuenta años de paz en Europa. Y muchos europeos recuerdan aún cuál era la realidad antes de ese punto de inflexión que fue el Plan Schumann de 1950.

Es precisamente esa dimensión existencial la que puede complicar la reiterada idea de superar la actual crisis con “más Europa”, que implique dar un salto adelante en el desarrollo de instituciones y políticas comunes. La dificultad que ese slogan plantea es que para sectores quizás crecientes de varios países miembros –parecería ser el caso de los del grupo fundacional original– la propia Europa unida al incluir tan diversos y numerosos países es precisamente el problema, por visualizarse en ella algunas de las causas de la actual crisis.

Hay evidencias entonces de una erosión de la identidad europea que se manifiesta en expresiones tales como “su problema no es mi problema”, cuando algunos ciudadanos de países europeos se refieren a lo que le ocurre, por ejemplo, a los griegos o a lo que podría ocurrirle a los italianos, españoles o portugueses. Y al pensar así reflejan el desconocimiento de que muy probablemente su propio país no tenga un “plan B” razonable a la idea de una Europa integrada.

De lo que está sucediendo en la integración europea, es posible extraer tres conclusiones útiles a la hora de impulsar la construcción de un espacio de gobernabilidad regional sudamericana que incluya, por cierto, la superación de visibles insuficiencias del Mercosur.

La primera es que la reingeniería permanente de sus instituciones y políticas comunes a fin de adaptarlas a nuevas realidades y circunstancias, es una demanda constante en la construcción de un espacio de integración entre naciones soberanas que comparten un espacio geográfico regional.

La segunda es que tal reingeniería –al igual que el diseño original– no puede responder a modelos preconcebidos ni de libros de texto. En cierta forma, son “trajes a la medida” en función de concretas realidades nacionales y de la percepción de los márgenes de maniobra que provienen del contexto externo. Responden a lo que los países miembros necesitan y, sobre todo, pueden hacer.

Y la tercera es que navegar el mundo actual, especialmente entre un conjunto integrado de naciones contiguas, no tolera un GPS. No hay cartas de navegación preestablecidas. Por el contrario, es algo que requiere mucho instinto, realismo económico, flexibilidad y pericia técnica. Requiere en particular, un esclarecido y fuerte liderazgo político en cada uno de los países y, en especial, en aquellos con mayor capacidad para influenciar sobre las realidades y para movilizar a los socios. Requiere, finalmente, mucha suerte.

Es temprano aún para hacer un pronóstico sobre el futuro de la integración europea. Su pasado genera la expectativa de que Europa sabrá reinventarse. No es ésta una cuestión indiferente para los países del Mercosur teniendo en cuenta la negociación en curso para lograr un acuerdo interregional que sea atractivo y original. Es decir, que tampoco quede atado a fórmulas rígidas preconcebidas.


Félix Peña es Director del Instituto de Comercio Internacional de la Fundación ICBC; Director de la Maestría en Relaciones Comerciales Internacionales de la Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF); Miembro del Comité Ejecutivo del Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI). Miembro del Brains Trust del Evian Group. Ampliar trayectoria.

http://www.felixpena.com.ar | info@felixpena.com.ar


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